jueves 24 de septiembre de 2009

Aventura Soler 2009: a la conquista de Tabarca


Dicen los japoneses, cultura sabia donde las haya, que "tonto es aquel que nunca ha subido al monte Fuji, pero más tonto es el que sube dos veces." Pues lo mismo se puede aplicar a los viajes en vela a Tabarca. Y es que no escarmiento...

Eran las ocho y cinco de la mañana cuando sonó el despertador. Salté de la cama con más sueño que una gilip... mientras Jorge balbuceaba "¡Cinco minutos máaaaaaas!", alegre ante la expectativa de un sabroso y maravilloso desayuno a base de chocolate con churros... Pero me tuve que conformar con un vaso de Nesquick. El domingo empezaba como cualquier otro día.

Sin embargo, se trataba de un día muy especial. Aquel domingo tenía lugar la "Aventura Soler 2009", ancestral tradición de la familia Soler que se inició el año pasado con una excursión a Cuenca a hacer barranquismo. Y aprovechando que el año pasado sobrevivimos todos, este año decidimos reincidir. Aunque en esta ocasión buscamos una aventura diferente para todos menos para Jorge; él decidió mezclar tradiciones. Así que durante una cena de primos casi al completo en la que nos pusimos como los kikos, y tras descartar los viajes en globo y los paseos en banana (0.0), se gestó lo que sería la aventura de este año: la travesía Santa Pola-Tabarca 2009. Dicen que las situaciones extremas unen a las personas. En tal caso, no creo que exista una familia más unida que ésta.



El plan era el siguiente: el primo Juanjo había reservado una Caldereta de pescado en un restaurante de Tabarca -muy bueno, por cierto-, así que la mayor parte de la familia tomaría la tabarquera para llegar hasta allí. Por nuestra parte, los más intrépidos, valientes, inconscientes y masocas -cada uno que se incluya en el calificativo que más le guste- "conquistaríamos" la isla con una gamba (ver la saga "No llores por mí, Tabarca" publicada en este mismo blog.)


Tras comprar algunas botellas de agua y Aquarius en la gasolinera, nos dirigimos al Parres-Center (Playa de la Gola), donde teníamos que coger el velerito en cuestión. Y nada más llegar ¡Zas! ¡La primera en la frente! Éramos ocho personas y en la gamba sólo podían ir seis por motivos de seguridad. Así que a última hora Juanito y Jessica se vieron obligados a desertar. Yo debí haber huido cuando aún estaba a tiempo, pero ahí estaba mi amigo el orgullo diciéndome: "¡No huyas, cobarde! Este año vas a conquistar Tabarca por narices." ¡Maaaaaardita zea!




El caso es que me quedé, me embadurné de protector solar del 20 (de supermercado, por supuesto), me enfundé en el chaleco salvavidas y embarqué con Jorge, mi cuñada Mónica y las primas Charo, Elena y Mari (alias "La Karmele"). Y emprendimos nuestro viaje de ¿3 horas? ¡Ojalá! Lo cierto es que todo empezó la mar de bien: Jorge, que estaba auténtico con su gorrita de capitán, explicó el funcionamiento de la gamba, Mari se tiró al agua a nadar e incluso hizo una recreación de la escena de "Titanic" en la proa del barco, Charo y Elena hacían fotos a diestro y siniestro, Mónica y yo mirábamos el paisaje... hasta que llegó el momento de virar. En aquel momento el Señor dijo "Prodúzcase la catástrofe. Y la catástrofe se produjo" en forma de potada infernal. ¿Se acordarían los peces de mí? En cualquier caso debo reconocer que me siento orgullosa de haber bajado mi marca personal: esta vez sólo poté cuatro veces en seis horas, la mitad que hace tres años. Sí, creo que puedo darme por satisfecha.

Tras el viraje y su consiguiente purga, perdí Tabarca de vista. Cuando Jorge me dijo que estaba a mi espalda, me volví y comtemplé horrorizada la isla en la lejanía. Entonces sentí un déjà vu y un escalofrío: Tabarca todavía estaba allí, lejos, en el culo del mundo. ¡Nooooooooooooo oooooh! La historia se repetía, íbamos a naufragar de nuevo... Afortunadamente, mis predicciones no eran acertadas ¿O sí? En cualquier caso yo ya estaba pocha, así que me tumbé en el barco y cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriese ya hubiésemos llegado a nuestro destino.

Mis compañeros de aventura, al contrario que yo, siguieron la fiesta marítima: no faltaron las imitaciones de Karmele Marchantes hablando por el "piedrófono", la Canción del Pirata y el Barco de Chanquete -dos clásicos que no pueden faltar en ningún trayecto en barco que se precie,- el Romance del Enamorado y la Muerte -que no tenía nada que ver pero Jorge tenía ganas de lucirse- y, como no, el clásico teléfono que se cae al agua y se escoña.



Mientras tanto la parte de la familia más sabia ya había llegado a Tabarca y recorrido la isla tropecientas mil veces. Para aquel entonces era la hora de comer y seguíamos sin llegar a nuestro destino. Y allí estábamos nosotros, sorteando las olas y el viento, mientras que el teléfono de Elena sonaba cada dos por tres y alguien preguntaba "¿Cuánto os falta?", a lo que Jorge al principio respondía que "veinte minutos" y más tarde que "diez minutos." Después de dos horas escuchando que faltaban 10 minutos, yo ya había perdido toda esperanza de llegar y ya me imaginaba al tío de la Zodiac cutre viniendo a rescatarnos como la primera vez. Pero justo en aquel momento, esta mujer de poca fe, cuyas piernas y glúteos ya sufrían quemaduras de tercer grado -vale, igual exagero un poco- alzó la vista a la voz de "¡Ya hemos llegado!" Por aquel entonces el móvil de Elena ya había muerto ahogado, nuestra familia se había ido a comer, Joserramonazo le había hecho 9 llamadas perdidas seguidas a Jorge y mi suegra había llamado a la Cruz Roja convencida de que la mar -como la llaman los marinos y los poetas- se nos había tragado.

Eran las cuatro de la tarde cuando llegamos a Tabarca. La conquista ya casi se había completado. Tan sólo faltaba "aparcar" el barco, una tarea nada fácil con un vehículo que depende únicamente del viento -más aún cuando este viene en contra.- Para más inri, al capi se le ocurrió la genial idea de parar el barco junto a las rocas e intentar anclarlo allí. Lástima que no lleváramos ancla :-(


A pesar de las adversidades, conseguimos bajar todas del barco y subir a las rocas, no sin antes haber bebido unos cuantos litros de agua de mar. Pero entonces el viento empezó a soplar y se llevó a Jorge que aún estaba en el barco. La valiente e intrépida Mari, que se desenvuelve con la natación cual boquerón por aguas mediterráneas, se tiró al agua y alcanzó la gamba. Finalmente Jorge y ella la ataron a una boya y nadaron hasta la orilla. Mientras tanto, Mónica intentaba convencer a su madre de que todos estábamos vivos -reconozco que hablar por el móvil sin despeñarse por las rocas es un talento que admiro muchísimo en ella- y Charo dejaba huella en una roca -bueno, más bien fue la roca quien dejó huella en su trasero.-

Una vez en tierra firme pudimos reencontrarnos con la familia, llamar a Conchi una vez más para asegurarle que seguíamos vivos, comer la caldereta -que estaba requetebuenísima- y bañarnos en la playa.



A las siete de la tarde los intrépidos, valientes, inconscientes y masocas que volvían a casa en gamba, salieron pitando para que no se les hiciera tarde. Mari y yo, como ya habíamos tenido bastante con nuestra ración de aventura matutina, decidimos intercambiar con el primo Juanito y con mi suegro, Pepe, y nos fuimos en la tabarquera.

Después de hacer una cola kilométrica para coger la tabarquera conseguimos llegar a Santa Pola, donde nos reunimos con Conchi y la iaia Carmen que estaban dando un paseo por allí. Parecía que todo iba bien hasta que recibimos la fatídica llamada de Mónica: Catastrophe! Eran las nueve y media de la noche, no hacía ni pizca de viento, el barco no se movía y nuestros valientes llevaban una hora esperando al tipo del Parres-Center que les había dicho que salía a buscarles en la Zodiac. Empezaba la operación rescate...


Puesto que había pasado mucho tiempo desde que habían dado la llamada de socorro, los que estábamos en tierra decidimos acercarnos al Parres-Center y preguntar si había salido ya alguien a buscarles. Cuando llegamos ya oscurecía y la preocupación de todos era creciente, sobre todo cuando llegamos al sitio y encontramos al supuesto rescatador sentado en la playa con el motor de la Zodiac estropeado y el teléfono móvil sin batería, esperando a que el Dios Poseidón surgiera de las aguas y le diera una galleta como premio a su "profesionalidad." No podía salir de mi asombro ante semejante imagen, aunque el tipo se superó cuando sugerí que avisáramos a Salvamento Marítimo y argumentó que nos iban a cobrar un dineral si les llamáramos. Supongo que para él la mejor opción era dejarlos ahí y esperar a que las olas arrastrasen lo que quedara de ellos a la orilla a la mañana siguiente. ¡En fin...!

Finalmente, el tipo llamó a su jefe DESDE MI MÓVIL, quien acudió enseguida, tuvo algunas palabras fuertes con él, arreglaron la Zodiac y salieron a buscarlos. Para entonces, Conchi ya había llamado por enésima vez a la Cruz Roja que a su vez llamó a la guardia marítima de Torrevieja, que les llamó a ellos. Sin embargo, gracias a que a mi suegro Pepe -que es un pozo de sabiduría e hizo la mili en el Sáhara-  se le ocurrió que se dirigieran a la playa más cercana y a que todos tenían buenos brazos, pudieron llegar a tierra remando con los brazos. Eran las diez y media de la noche cuando nos reencontramos con nuestros valientes naúfragos.



Hoy, un mes después de que todo esto ocurriera y tras haber sobrevivido a las quemaduras solares y a las picaduras de los mosquitos mutantes asesinos de Santa Pola -que me dejaron la cara como el Guernica- me río al recordar esta anécdota para vosotros. Tampoco esta vez me arrepiento del viajecito. Sin embargo, ¡¡¡NUNCA MAIS!!! Y esta vez va en serio...

jueves 17 de septiembre de 2009

La Bacanal del Vino





He tomado prestado el título al montaje de Maracaibo Teatro -un espectáculo muy bueno, por cierto- porque me parece que refleja a la perfección lo que aconteció hace un mes en Jumilla.

Como muchos sabréis este pueblo murciano, famoso por sus bodegas, celebra cada año su tradicional Fiesta del Vino cuya atracción principal es la Gran Cabalgata del Vino. Durante dicho evento las distintas peñas recorren la ciudad en carrozas y bañan a los asistentes con vino. Para acompañar, también lanzan mini bocadillos y rosquillas. Al menos eso era lo que decía la web oficial de Jumilla. Y ante semejante propuesta a Jorge y a mí nos hicieron los ojos chiribitas. De modo que reunimos a unos cuantos amigos que a su vez reunieron a otros cuantos amigos y pillamos millas pa' Jumilla.

La cabalgata empezaba a las 19 h, así que salimos de Elche a primera hora de la tarde dispuestos a llegar pronto para pillar sitio cual iaia de pueblo en las procesiones de Semana Santa. Por el camino no faltaron los chistes malos (gracias Hellsamu, tu blog ha sido una gran fuente de inspiración para Jorge) ni las conversaciones sobre el amor, la vida, la muerte, el teatro y la traducción (Dios nos cría y nosotros nos juntamos).

Al llegar a nuestro destino aparcamos la X-Win, más conocida como C-15, y nos abrimos paso entre los numerosos botellones jumillanos bajo el sol abrasador hasta la gasolinera más cercana, donde pudimos conseguir agua y refrescos. Ahora que lo pienso debíamos parecer herejes a ojos de los murcianos :-(

Cuando bajó el sol las calles se llenaron de gente de todas las edades -y cuando digo de todas las edades quiero decir de TOOODAS las edades- con muchas ganas de divertirse y de emborracharse con buen vinico jumillano. Así que empezó la Cabalgata y con ella, la Bacanal del Vino. Y mientras que a Fátima y a mí nos duchaban con tinto de verano, Matías, Braulio y Jorge se abalanzaban cual intrépidos mosqueteros sobre las carrozas para que les remojaran el gaznate con vino fresco. El invento les salió bien hasta que llegó la carroza del Don Simón, que lo traía hirviendo. Yo lo agradecí cuando me lo echaron todo por la cabeza porque me estaba empezando a dar frío, pero recuerdo que Jorge debió acordarse de toda la estirpe del señor J. García Carrión mientras nos escupía en la cara a los demás el Don Simón calentito que le acaban de echar en la boca.

Pero no todo era beber en aquella fiesta, ¡qué va! También saltamos, cantamos, bailamos y recibimos algún chapuzón que otro por parte de los vecinos más enrollados de la zona -no es ironía- que se asomaban a los balcones y nos tiraban cubos de agua, al principio por iniciativa propia y luego a petición popular. Total que acabamos todos bien remojaditos y algunos hasta descamisados. Y es que los chicos empezaron a romperse las camisetas los unos a los otros para luego quitárselas y lanzarlas por los aires. Sin duda la que más triunfó fue la de Brau, que se pasó 10 minutos de reloj volando por los aires de un lado a otro de la cabalgata. Ahí me di cuenta de que en lo que a camisetas se refiere, los jumillanos las prefieren churripuercas, y cuanto más, mejor.

El momento cumbre de la fiesta llegó cuando, después de haber abordado a las carrozas en distintos puntos de la ciudad y de haberlas dejado sin reservas, acabó todo el mundo en un cruce lanzando las camisetas mojadas por los aires e intentando encalarlas en los cables del teléfono. Y cada vez que alguien fallaba, un festero que iba como los piojos -de contento- exclamaba "¡Ha sío el cable que s'ha movío! ¡Hip!" Luego, se volvía hacia mí y me decía "Cómo la van a encalar si van tos ciegos..."

Pero lo mejor fue cuando, en medio de aquel desvarío, a algún lumbreras se le ocurrió la genial idea de atar un montón de camisetas empapadas de vino, sudor y a saber qué otros fluidos, y hacer una comba gigante. Por supuesto, los tres mosqueteros ni se lo pensaron y antes de que pudiéramos terminar de decir la frase "Mira, han hecho una comba" ya estaban ellos allí saltando a la comba.

Fue también en aquel cruce donde conocimos a nuestro querido "compatriota" el Jordi d'Onil, que nos secuestró a Jorge y lo rebautizó como "el Jordi d'Elx" y que luego no se creía que Braulio se llamase realmente así. Y es que el tío iba tan mamao' que debió pensar que le estábamos tomando el pelo.

Eran ya las diez de la noche cuando la gente empezó a retirarse para arreglarse y continuar la fiesta en la barraca municipal. ¿Retirarse? ¿A sus casas? Obviamente, los lugareños lo tenían fácil, pero el resto de los mortales decidimos echar mano de la gasolinera del pueblo y sus mangueras lava-coches para darnos una buena ducha colectiva. Bueno, ese no fue el caso de Matías y mío que nos quedamos a una distancia prudencial observando cómo un montón de maromos en slips "marcapaquete" se enjabonaban y le pedían a Jorge -que por aquel entonces ya se había adueñado de la manguera- que les mojase el pandero. Desde luego, fue un espectáculo que no tiene precio. Pero ¿cómo que maromos? ¿Es que no había chicas? Haberlas, las había, como las meigas. Pero eran minoría y llevaban bikini (las chicas no fueron tan exibicionistas. Sorry!)

Una vez terminada la ducha, nos fuimos a los coches a cambiarnos de ropa. Como éramos novatos en esto de la fiesta del vino, no habíamos traído ninguna muda y Jorge estaba empapadísimo. Por suerte, Brau es muy previsor y llevaba el maletero lleno de pantalones viejos. Así le tomó prestados unos pantalones -no sin antes tomarle prestada la toalla que en esos momentos le cubría de cintura para abajo y dejarlo con el culo al aire para el disfrute de dos señoras maduritas que tomaban el fresco sentadas en un banco. Suerte que ya se había puesto la camiseta y pudo taparse con ella.- Respecto a cómo pudo caber Jorge en unos pantalones de Braulio, teniendo en cuenta que el primero es como tres veces el segundo, es un misterio que a día de hoy no hemos resuelto. No obstante, confieso que en aquel momento temí por la virilidad de Jorge...

Finalmente, Brau, Fátima y su tropa se reencontraron y se quedaron de fiesta por tierras jumillanas, mientras que Matías, Jorge y yo volvimos a casa, uno a seguir la fiesta por Elche y los otros, a descansar porque al día siguiente nos esperaba la "Aventura Soler 2009" y este año prometía ser muy dura... pero que muy, muy dura... durísima...

CONTINUARA...

martes 25 de agosto de 2009

Vino, vela y rock & roll


Ante semejante título, más de uno y más de dos habrán arqueado una ceja mientras se preguntaban "Y esto, ¿de qué va?". Otros, los que mejor me conocen y además siguen mi blog, se habrán sonreído al pensar "Ya la has vuelto a liar, Lucía, ¿Qué habrás hecho esta vez?"

Como adelanto, os diré que llevo todo el día sin poder salir de casa porque tengo la pierna dereccha y parte del trasero como si me hubiese caído en la freidora de un McDonald's. ¡Y no veáis cómo dueeeeeeleeeeeeee!

¿Cómo he llegado a semejante estado? Eso es lo que os voy a contar en breve. Esta historia tiene dos partes: la del vino y la de la vela. Lo del Rock & roll no viene a cuento, pero me faltaba alguna chorrada para completar el título y, como soy tan poco original...

En fin, lo importante era crear expectación...

P.D.: La imagen con el chiste malo tampoco venía a cuento, pero me quedaba soso el post, así, sin foto ni nada.