Dicen los japoneses, cultura sabia donde las haya, que "tonto es aquel que nunca ha subido al monte Fuji, pero más tonto es el que sube dos veces." Pues lo mismo se puede aplicar a los viajes en vela a Tabarca. Y es que no escarmiento...
Eran las ocho y cinco de la mañana cuando sonó el despertador. Salté de la cama con más sueño que una gilip... mientras Jorge balbuceaba "¡Cinco minutos máaaaaaas!", alegre ante la expectativa de un sabroso y maravilloso desayuno a base de chocolate con churros... Pero me tuve que conformar con un vaso de Nesquick. El domingo empezaba como cualquier otro día.
Sin embargo, se trataba de un día muy especial. Aquel domingo tenía lugar la "Aventura Soler 2009", ancestral tradición de la familia Soler que se inició el año pasado con una excursión a Cuenca a hacer barranquismo. Y aprovechando que el año pasado sobrevivimos todos, este año decidimos reincidir. Aunque en esta ocasión buscamos una aventura diferente para todos menos para Jorge; él decidió mezclar tradiciones. Así que durante una cena de primos casi al completo en la que nos pusimos como los kikos, y tras descartar los viajes en globo y los paseos en banana (0.0), se gestó lo que sería la aventura de este año: la travesía Santa Pola-Tabarca 2009. Dicen que las situaciones extremas unen a las personas. En tal caso, no creo que exista una familia más unida que ésta.
El plan era el siguiente: el primo Juanjo había reservado una Caldereta de pescado en un restaurante de Tabarca -muy bueno, por cierto-, así que la mayor parte de la familia tomaría la tabarquera para llegar hasta allí. Por nuestra parte, los más intrépidos, valientes, inconscientes y masocas -cada uno que se incluya en el calificativo que más le guste- "conquistaríamos" la isla con una gamba (ver la saga "No llores por mí, Tabarca" publicada en este mismo blog.)
Tras comprar algunas botellas de agua y Aquarius en la gasolinera, nos dirigimos al Parres-Center (Playa de la Gola), donde teníamos que coger el velerito en cuestión. Y nada más llegar ¡Zas! ¡La primera en la frente! Éramos ocho personas y en la gamba sólo podían ir seis por motivos de seguridad. Así que a última hora Juanito y Jessica se vieron obligados a desertar. Yo debí haber huido cuando aún estaba a tiempo, pero ahí estaba mi amigo el orgullo diciéndome: "¡No huyas, cobarde! Este año vas a conquistar Tabarca por narices." ¡Maaaaaardita zea!
El caso es que me quedé, me embadurné de protector solar del 20 (de supermercado, por supuesto), me enfundé en el chaleco salvavidas y embarqué con Jorge, mi cuñada Mónica y las primas Charo, Elena y Mari (alias "La Karmele"). Y emprendimos nuestro viaje de ¿3 horas? ¡Ojalá! Lo cierto es que todo empezó la mar de bien: Jorge, que estaba auténtico con su gorrita de capitán, explicó el funcionamiento de la gamba, Mari se tiró al agua a nadar e incluso hizo una recreación de la escena de "Titanic" en la proa del barco, Charo y Elena hacían fotos a diestro y siniestro, Mónica y yo mirábamos el paisaje... hasta que llegó el momento de virar. En aquel momento el Señor dijo "Prodúzcase la catástrofe. Y la catástrofe se produjo" en forma de potada infernal. ¿Se acordarían los peces de mí? En cualquier caso debo reconocer que me siento orgullosa de haber bajado mi marca personal: esta vez sólo poté cuatro veces en seis horas, la mitad que hace tres años. Sí, creo que puedo darme por satisfecha.
Tras el viraje y su consiguiente purga, perdí Tabarca de vista. Cuando Jorge me dijo que estaba a mi espalda, me volví y comtemplé horrorizada la isla en la lejanía. Entonces sentí un déjà vu y un escalofrío: Tabarca todavía estaba allí, lejos, en el culo del mundo. ¡Nooooooooooooo oooooh! La historia se repetía, íbamos a naufragar de nuevo... Afortunadamente, mis predicciones no eran acertadas ¿O sí? En cualquier caso yo ya estaba pocha, así que me tumbé en el barco y cerré los ojos con la esperanza de que cuando los abriese ya hubiésemos llegado a nuestro destino.
Mis compañeros de aventura, al contrario que yo, siguieron la fiesta marítima: no faltaron las imitaciones de Karmele Marchantes hablando por el "piedrófono", la Canción del Pirata y el Barco de Chanquete -dos clásicos que no pueden faltar en ningún trayecto en barco que se precie,- el Romance del Enamorado y la Muerte -que no tenía nada que ver pero Jorge tenía ganas de lucirse- y, como no, el clásico teléfono que se cae al agua y se escoña.
Mientras tanto la parte de la familia más sabia ya había llegado a Tabarca y recorrido la isla tropecientas mil veces. Para aquel entonces era la hora de comer y seguíamos sin llegar a nuestro destino. Y allí estábamos nosotros, sorteando las olas y el viento, mientras que el teléfono de Elena sonaba cada dos por tres y alguien preguntaba "¿Cuánto os falta?", a lo que Jorge al principio respondía que "veinte minutos" y más tarde que "diez minutos." Después de dos horas escuchando que faltaban 10 minutos, yo ya había perdido toda esperanza de llegar y ya me imaginaba al tío de la Zodiac cutre viniendo a rescatarnos como la primera vez. Pero justo en aquel momento, esta mujer de poca fe, cuyas piernas y glúteos ya sufrían quemaduras de tercer grado -vale, igual exagero un poco- alzó la vista a la voz de "¡Ya hemos llegado!" Por aquel entonces el móvil de Elena ya había muerto ahogado, nuestra familia se había ido a comer, Joserramonazo le había hecho 9 llamadas perdidas seguidas a Jorge y mi suegra había llamado a la Cruz Roja convencida de que la mar -como la llaman los marinos y los poetas- se nos había tragado.
Eran las cuatro de la tarde cuando llegamos a Tabarca. La conquista ya casi se había completado. Tan sólo faltaba "aparcar" el barco, una tarea nada fácil con un vehículo que depende únicamente del viento -más aún cuando este viene en contra.- Para más inri, al capi se le ocurrió la genial idea de parar el barco junto a las rocas e intentar anclarlo allí. Lástima que no lleváramos ancla :-(
A pesar de las adversidades, conseguimos bajar todas del barco y subir a las rocas, no sin antes haber bebido unos cuantos litros de agua de mar. Pero entonces el viento empezó a soplar y se llevó a Jorge que aún estaba en el barco. La valiente e intrépida Mari, que se desenvuelve con la natación cual boquerón por aguas mediterráneas, se tiró al agua y alcanzó la gamba. Finalmente Jorge y ella la ataron a una boya y nadaron hasta la orilla. Mientras tanto, Mónica intentaba convencer a su madre de que todos estábamos vivos -reconozco que hablar por el móvil sin despeñarse por las rocas es un talento que admiro muchísimo en ella- y Charo dejaba huella en una roca -bueno, más bien fue la roca quien dejó huella en su trasero.-
Una vez en tierra firme pudimos reencontrarnos con la familia, llamar a Conchi una vez más para asegurarle que seguíamos vivos, comer la caldereta -que estaba requetebuenísima- y bañarnos en la playa.
A las siete de la tarde los intrépidos, valientes, inconscientes y masocas que volvían a casa en gamba, salieron pitando para que no se les hiciera tarde. Mari y yo, como ya habíamos tenido bastante con nuestra ración de aventura matutina, decidimos intercambiar con el primo Juanito y con mi suegro, Pepe, y nos fuimos en la tabarquera.
Después de hacer una cola kilométrica para coger la tabarquera conseguimos llegar a Santa Pola, donde nos reunimos con Conchi y la iaia Carmen que estaban dando un paseo por allí. Parecía que todo iba bien hasta que recibimos la fatídica llamada de Mónica: Catastrophe! Eran las nueve y media de la noche, no hacía ni pizca de viento, el barco no se movía y nuestros valientes llevaban una hora esperando al tipo del Parres-Center que les había dicho que salía a buscarles en la Zodiac. Empezaba la operación rescate...
Puesto que había pasado mucho tiempo desde que habían dado la llamada de socorro, los que estábamos en tierra decidimos acercarnos al Parres-Center y preguntar si había salido ya alguien a buscarles. Cuando llegamos ya oscurecía y la preocupación de todos era creciente, sobre todo cuando llegamos al sitio y encontramos al supuesto rescatador sentado en la playa con el motor de la Zodiac estropeado y el teléfono móvil sin batería, esperando a que el Dios Poseidón surgiera de las aguas y le diera una galleta como premio a su "profesionalidad." No podía salir de mi asombro ante semejante imagen, aunque el tipo se superó cuando sugerí que avisáramos a Salvamento Marítimo y argumentó que nos iban a cobrar un dineral si les llamáramos. Supongo que para él la mejor opción era dejarlos ahí y esperar a que las olas arrastrasen lo que quedara de ellos a la orilla a la mañana siguiente. ¡En fin...!
Finalmente, el tipo llamó a su jefe DESDE MI MÓVIL, quien acudió enseguida, tuvo algunas palabras fuertes con él, arreglaron la Zodiac y salieron a buscarlos. Para entonces, Conchi ya había llamado por enésima vez a la Cruz Roja que a su vez llamó a la guardia marítima de Torrevieja, que les llamó a ellos. Sin embargo, gracias a que a mi suegro Pepe -que es un pozo de sabiduría e hizo la mili en el Sáhara- se le ocurrió que se dirigieran a la playa más cercana y a que todos tenían buenos brazos, pudieron llegar a tierra remando con los brazos. Eran las diez y media de la noche cuando nos reencontramos con nuestros valientes naúfragos.
Hoy, un mes después de que todo esto ocurriera y tras haber sobrevivido a las quemaduras solares y a las picaduras de los mosquitos mutantes asesinos de Santa Pola -que me dejaron la cara como el Guernica- me río al recordar esta anécdota para vosotros. Tampoco esta vez me arrepiento del viajecito. Sin embargo, ¡¡¡NUNCA MAIS!!! Y esta vez va en serio...















Ante semejante título, más de uno y más de dos habrán arqueado una ceja mientras se preguntaban "Y esto, ¿de qué va?". Otros, los que mejor me conocen y además siguen mi blog, se habrán sonreído al pensar "Ya la has vuelto a liar, Lucía, ¿Qué habrás hecho esta vez?"